La historia de las catas de vino en Roma

La tradición oriental antigua (mitología, textos bíblicos, etc.) y la arqueología contemporánea coinciden a señalar que el origen de la viña cultivada y por lo tanto del vino debió de estar en la región del Cáucaso y los montes Zagros (actuales Armenia, Azerbaiyán, Persia) y que desde allá se fue difundiendo hacia occidente pasando por Mesopotamia, Siria, Fenicia, Egipto y Grecia. Los primeros vestigios sobre producción de vino se remontan al año 3.000 antes de Cristo y han sido encontrados a los montes Zagros, pero no fue hasta los siglos octavo y séptimo antes de Cristo que se introdujo en las tierras litorales de la Mediterránea occidental. Las interpretaciones más verosímiles hechos a partir de los restos arqueológicos coinciden a decir que fueron los fenicios y los griegos quienes llevaron a nuestras costas primero el vino y después el arte de la viticultura y la vinificació, domesticando las viñas silvestres autóctonas.  Allí empezaron las catas de vinos en Roma, la vieja Roma , la de Claudio y Gladiadores. 

 

Los fenicios navegaron por la ruta norteña de África y colonizaron el litoral español desde la desembocadura del Guadiana hasta la del Júcar, donde dejaron muestras claras de sus prácticas enològiques al Puerto de Santa María (castillo de Doña Blanca) y en Dénia (Benimaquia). Los griegos, después de pasar por Italia y por el sur de Francia (Massalia), llevaron la viña y el vino a las costas de Cataluña (Empòrion) y posiblemente al golfo de Valencia (Sagunto).

El proceso de romanización a partir del siglo II aC significó la incorporación definitiva de las comarcas litorales catalanas y valencianas al cultivo y a la cultura del vino. La abundante información arqueológica replegada hasta ahora tanto en la tierra como en el fondo de la mar demuestra que la actividad vinícola y el culto al 'Liber Pater' estuvieron muy extendidas por todo el litoral, especialmente en la región Laietània, desde Mataró a Baetulo (Badalona) y Barcino (Barcelona); a Tàrraco y alrededores, en la zona de Saguntum y a la de Dianion (Dénia). Aunque con distintas valoraciones, la literatura de la época ya menciona la existencia de varios vinos que se exportaban tanto a Roma como las legiones que guardaban la frontera con Germània: vinos de Laietània, Tàrraco, Saguntum, Baleares…, aunque ninguno de tan prestigiado como el de Lauro, ciudad que algunos han identificado con el actual Llíria (Valencia) aunque la mayoría de autores se inclina para ubicarla a la Laietània. La islamización de estas tierras desde comienzo del siglo VIII no significó la desaparición del cultivo de la viña ni siquiera el cese de la elaboración del vino.

Los musulmanes valencianos y baleares (la mayoría nativos de origen iber convertidos al islam) no dejaron nunca de consumir vino, aunque es verdad que debido a la ley corànica se silenció tanto como se pudo esta circunstancia y las noticias que nos han llegado de parte de escritores musulmanes de la época solamente hablan de la producción y consumo de uva y pasas. El impulso medieval Con la nueva cristianización del territorio (siglos X al XIII) el vino volvió a cobrar mayor protagonismo y a estar presente en todas las facetas de la sociedad medieval. A falta de otras bebidas y estimulantes, el vino servía tanto para acompañar una comida como para alegrar los ratos de ocio y las fiestas; formaba parte obligada en la ración de comer que cada día se daba a los monasterios y conventos, con cantidades que oscilaban entre un cuarto y tres cuartos de litro; entraba en el salario que se pagaba a los obreros y jornaleros (raciones de hasta un litro y medio por persona y día), como también en la soldada que percibían quienes servían en los ejércitos. También formaba parte de la comida que se repartía a los pobres en las catedrales y, por supuesto, y en cantidades de hasta tres y cuatro litros por persona, en las grandes comidas que ofrecían reyes y nobles. En estas circunstancias era lógico que el vino se convirtiera también en un objeto de negocio y que algunas zonas muy comunicadas se especializaron a producir.

Así lo harían en Cataluña las comarcas del Bages, el Vallès, el Maresme, el Penedès, y el Campo de Tarragona, mientras que en Valencia lo harían el Baix Maestrat, el valle del Palància y la huerta de Alicante. A menor escalera hicieron el mateixt Inca y l'Alcúdia en la isla de Mallorca. Bien pronto, a mediados de siglo XIV, el puerto de Alicante recibía cada año por noviembre la visita de la flota de Flandes para cargar su famoso vino tinto o fondellol (lo más caro de Europa en su tiempo), marcando así el inicio de un floreciente comercio que tendría que perdurar hasta el siglo XIX.